CHÉJOV Antón
ANÁLISIS
DE “EL CAMALEÓN” DE CHÉJOV
Héctor Zabala ©
LUGAR Y HORA DE LOS
HECHOS
Varios indicios
sugieren que la acción se desarrolla en una aldea rusa y quizá a primera hora
de la tarde: la calma excesiva que encuentra el inspector al hacer su recorrida
por la plaza, su especulación sobre qué harían en grandes ciudades como
Petersburgo o Moscú con un cachorro así, su afirmación de que conoce a toda la
gente del lugar, la sensación de que todos los vecinos se conocen entre sí, los
diálogos de tono bien pueblerino, etc.
El personaje principal,
el inspector Ochumélov, es autoritario, prepotente y cínico con la gente común,
a quien obviamente considera inferior, en tanto que es obsecuente con los
poderosos. En síntesis: un hipócrita, arbitrario y acomodaticio.
De ahí que las
opiniones y el sentido de justicia de Ochumélov varíen según propia
conveniencia. Así, cuando supone que el cachorro es de personas sin
importancia, afirma escandalizado que la víctima de la mordedura, el orfebre
Jriukin, debería reclamar por daños a la par que él, como brazo de la justicia,
castigar con todo rigor al dueño desaprensivo que dejó suelto el perrito,
mientras que cuando entiende que el dueño es alguien poderoso, le ordena al
mismo Jriukin no exagerar (¡si no te pasó nada!) y que, en todo caso, es el
propio orfebre quien tendría la culpa de lo sucedido. Y en este vaivén, que se
da varias veces —de ahí el título, pues el camaleón varía su color según la
oportunidad— jamás tiene en cuenta los hechos reales ni trata de descubrirlos.
A tal punto llega su
hipocresía y arbitrariedad que hasta la calidad del cachorro varía según la
calidad del supuesto dueño, pasando de ser un perro atorrante a un perro fino y
viceversa, según vengan las conjeturas en cuanto a la identidad del
propietario. Cuando al fin descubre que el cachorro es de un hermano del
general Zhigálov, entonces da por cerrado el asunto, ni siquiera le recomienda
al sirviente del general que controlen en casa al cachorro y, por supuesto,
abandona el criterio de castigar a quienes inconscientemente dejan sus perros
sueltos. Y, para completar su arbitrariedad, termina amenazando al pobre
damnificado.
UNA SOCIEDAD SOMETIDA
El trasfondo del cuento
nos habla de una sociedad sometida y, como siempre ocurre en tales casos, en el
altercado aparecen:
• Resignación y sometimiento. Como en todos los presentes de la
escena, que ni siquiera intentan defender a Jriukin a pesar de que fue mordido.
Incluso el propio damnificado habla con exagerada timidez al dirigirse al
inspector por primera vez: “Yo no me he metido con nadie, señoría...”
• Resentimiento. Como el de Jriukin cuando parece amenazar al
cachorro con eso de “¡Te voy a despellejar, granuja!”, en obvio desquite contra
el que considera quizá el único ser inferior a sí mismo, pues con seguridad es
objeto de continuas burlas por su condición de borrachín de pueblo.
• Exhibicionismo. “...el mismo dedo [de Jriukin] es como una bandera
de victoria.”
• Ingenuidad. Como sugiere la respuesta de Jriukin al entrometido: “Y
si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos
iguales...” El pobre perjudicado cree (o, mejor, quiere creer) que todos son
iguales ante la ley, cuando del contexto se desprende que de ningún modo es
así. Incluso, agrega a modo de inocente amenaza: “Un hermano mío es gendarme...
por si quieres saberlo”; una manera de decir: ¡ojo que soy alguien, no un pobre
diablo!
Y también la notable
expresión: “¡Ahora no está permitido morder!”, como si la ley anterior hubiera
permitido que los perros muerdan o la ley actual podría impedirle morder a un
cachorro juguetón.
• Soberbia. Como la del sirviente del general hacia la gente del
pueblo: “¡Qué ocurrencia! ¡Jamás ha habido perros como este en nuestra casa!”;
• Intentos de sacar ventaja. El mismo Jriukin trata de aprovecharse
de la situación: “Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida con su
trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una
semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que
haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería
mejor morirse...”
• Correveidiles y malpensados. Como ese hombre del público que lanza
una acusación contra Jriukin sin ninguna prueba: “Lo que ha hecho, señoría, ha
sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que no es
tonto, le dio un mordisco...”; incluso, esta afirmación infundada da pie al
mismo Ochumélov para tomarla como cierta en un comentario posterior;
• Soplones. El mismo personaje agrega que el orfebre: “Siempre está
haciendo cosas por el estilo, señoría”, en un afán por congraciarse con el
inspector.
• Oportunistas y obsecuentes. Además de las genuflexiones del inspector
hacia los poderosos (incluso hacia el sirviente de un poderoso), la obsecuencia
y el oportunismo se manifiestan también en los estratos inferiores. En efecto,
el mismo Jriukin dice, dirigiéndose a un tercero: “Su señoría es una persona
inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad...”, en un intento
de poner al inspector de su parte;
• Burlones del caído en desgracia. Cuando se llevan el cachorro,
todos se ríen del pobre Jriukin.
NOTABLE NARRACIÓN
• La descripción del
cachorro es excelente. Nos da la impresión de tenerlo delante: escapando en
tres patas ante el posible castigo y volcando la cabeza hacia uno y otro lado
ante la persecución. Más tarde, lacrimógeno, asustadizo y tembloroso ante el
grupo que lo rodea, etc.
• Hay expresiones muy
propias de los eslavos, como la del inspector a Jriukin apenas llega a la
escena del escándalo: “¿Qué haces tú ahí con el dedo?”; o bien después, “Aunque
hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? ¿Es que acaso te llega
hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote!”, como si fuera
necesario que el pobre orfebre tuviese el dedo a la altura que entonces lo
exhibía cuando el cachorro lo mordió.
También son notables
los comentarios del inspector sobre el cachorro, dirigidos a congraciarse con
el hermano del general: “El perro no está nada mal... Es muy vivo... ¡Le ha
mordido el dedo a este! Ja, ja, ja...”
UN INDICIO DEL FINAL
Hay un indicio
contundente de cómo terminará el cuento: en uno de los primeros párrafos Chéjov
deja caer que es un galgo. Ergo, se trata de un perro fino, de raza, y por ende
su dueño tiene que ser necesariamente alguien rico, importante. De ahí que
cabía suponer que el cachorro al fin sería devuelto a su dueño, que no habría
castigo por dejarlo suelto pese a las ordenanzas y que el reclamo del
perjudicado nunca prosperaría.
UN CUENTO LOCALISTA Y
UNIVERSALISTA A
El cuento es una
maravillosa muestra de la sociedad rusa en el ambiente provinciano de su tiempo
(1884), pero la obra bien puede considerarse también de carácter universal por
la profundidad con que Chéjov describe y aborda el alma humana.
EL
CAMALEÓN
Antón Chéjov ©
El inspector de policía
Ochumélov, con su capote nuevo y en la mano un hatillo, cruza la plaza del
mercado. Tras él camina un agente municipal pelirrojo con una canasta llena de
grosellas decomisadas. En torno reina el silencio... En la plaza no hay un
alma... Las puertas abiertas de tabernas y negocios miran el mundo con
melancolía, como fauces hambrientas; en las cercanías no hay ni siquiera
mendigos.
—¿A quién muerdes,
maldito? —oye de pronto Ochumélov—. ¡Muchachos, que no salga! ¡Ahora no está
permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!
Se oye el chillido de
un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichugin,
saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un
chucho. Lo persigue un hombre con camisa de percal, almidonada, y el chaleco
desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante,
cae y atrapa al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro
grito: “¡No lo dejes escapar!” Caras soñolientas aparecen en las puertas de los
negocios y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo,
se apiña la gente.
—¡Se ha producido un
desorden, señoría!... —dice el municipal.
Ochumélov da media
vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del
negocio de leña ve a nuestro hombre, con el chaleco desabrochado, quien ya de
pie levanta la mano derecha y muestra un dedo sangriento. En su cara de
alcohólico parece leerse: “¡Te voy a despellejar, granuja!”; el mismo dedo es
como una bandera de victoria.
Ochumélov reconoce en
él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras
y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco
cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos
lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.
—¿Qué ha ocurrido?
—pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente—. ¿Qué es esto? ¿Qué haces
tú ahí con el dedo?... ¿Quién ha gritado?
—Yo no me he metido con
nadie, señoría... —empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la
mano—. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más,
me ha mordido el dedo... Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida
con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que
esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito,
señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a
morder, sería mejor morirse...
—Hum... Está bien...
—dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas—. Está bien... ¿De quién es
el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos!
Ya es hora de tratar con esos señores que no quieren cumplir las ordenanzas.
Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en
la calle perros y demás animales. ¡Se va a acordar de mí!... Eldirin —prosigue
el inspector, volviéndose hacia el ayudante—, infórmate de quién es el perro y
levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un
instante! Seguramente está rabioso... ¿Quién es el dueño?
—Creo que es del
general Zhigálov —dice alguien.
—¿Del general Zhigálov?
Hum... Eldirin, ayúdame a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible!
Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha
podido morderte? —sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin—. ¿Es que acaso te
llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote! Has debido de
clavarte un clavo y luego se te ocurrió la idea de decir esta mentira. Porque
tú... ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!
—Lo que ha hecho,
señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que
no es tonto, le dio un mordisco... Siempre está haciendo cosas por el estilo,
señoría.
—¡Mientes, tuerto!
¿Para qué mientes, si no viste nada? Su señoría es una persona inteligente y
comprende quién miente y quién dice la verdad... Y si miento, eso lo dirá el
juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es
gendarme... por si quieres saberlo.
—¡Basta de comentarios!
—No, no es del general
—observa pensativo el municipal—. El general no tiene perros como este. Son más
bien perros de exposición...
—¿Estás seguro?
—Sí, señoría.
—Yo mismo lo sé. Los
perros del general son caros, de raza, mientras que este ¡el diablo sabe lo que
es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo va a tener el general un
perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciera en Petersburgo o
en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se andarían con chiquitas, sino que, al
momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya
es hora de darles una lección!
—Aunque… podría ser del
general —piensa el ayudante en voz alta—. No lo lleva escrito en el morro
pero... El otro día alcancé a ver en su patio un perro como este.
—¡Es del general,
seguro! —dice una voz.
—Hum... Ayúdame a
ponerme el capote, Eldirin... Parece que ha refrescado... Siento escalofríos...
Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo
mando... Y que no lo dejen salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y
si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a
perder. El perro es un animal delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está
bien eso de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!...
—Por ahí va el cocinero
del general, le preguntaremos... ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este
perro... ¿es de tu amo?
—¡Qué ocurrencia!
¡Jamás ha habido perros como este en nuestra casa!
—¡Basta de preguntas!
—dice Ochumélov—. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en
chácharas... Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo...
Hay que matarlo y se acabó.
—No es nuestro —sigue
Prójor—. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le
gustan los galgos. En cambio, al hermano de mi...
—¿Es que ha venido el
hermano? ¿Vladímir Ivánich? —pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina
con una sonrisa de ternura—. ¡Vaya, por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido
de visita?
—Sí...
—Vaya... Echaba de
menos a su hermano... Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro
mucho... Llévatelo... El perro no está nada mal... Es muy vivo... ¡Le ha
mordido el dedo a este! Ja, ja, ja... Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se
ha enojado, el muy pícaro... Vaya con el perrito...
Prójor llama al animal
y ambos se alejan del almacén de leña... La gente se ríe de Jriukin.
—¡Ya nos veremos las
caras! —le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino
por la plaza del mercado.
ANÁLISIS
DE “LA OBRA DE ARTE” DE ANTÓN CHÉJOV
Héctor Zabala ©
La obra de arte es un cuento en el que Chéjov
demuestra el porqué de su fama de gran narrador. La estructura es simple pero
no por eso menos interesante. En principio, están muy bien delineados el
ambiente social y la psicología de los personajes. Chéjov parte de estos
elementos esenciales:
1º) Una madre pobre y su único hijo —profundamente
agradecidos al médico que salvó la vida del muchacho— tienen un objeto
valiosísimo para ofrecerle: un candelabro de bronce que incluye las figuras de
dos mujeres desnudas en actitud provocadora.
2º) Una sociedad pacata de fines del siglo XIX que
veía la desnudez (incluso en las estatuas) como un pecado. Las rígidas ideas
victorianas ya se habían extendido a toda Europa, y Rusia no sería la
excepción.
3º) El candelabro es tan bello y valioso que a
ninguno se le ocurre tirarlo a la basura por el pesar que significaría destruir
una obra artística de tal magnitud. Pero, a su vez, tenerlo en casa implicaría
un escándalo para cualquiera, dadas sus connotaciones impúdicas.
Chéjov aprovecha estos tres elementos básicos para
armar una historia que estructura como una rueda; historia en la que va
incorporando personajes que tratan de deshacerse del molesto objeto mediante
esfuerzos continuos por pasárselo a otro. Y hasta apelando al chantaje
emocional, del tipo: me ofendo, ni quiero oír que lo rechaces, lo tenía guardado
como una reliquia, era de mi padre, etc.
Pero lo más interesante es cómo el narrador se las
arregla para crear un problema sin solución posible, a la manera de antecedente
de un caso kafkiano. El cuento está en la línea de Chéjov: personas frustradas
que nunca verán satisfechos sus deseos a pleno, que nunca podrán cumplir sus
sueños.
Y lo paradójico es que el objeto, como nadie lo
quiere para sí, igual seguiría predestinado a volver a la misma persona, dado
que se deja entrever que si el médico Iván Nikolaevich Kochelkov intentara
desprenderse de nuevo del candelabro, probablemente la rueda volvería a girar
una y otra vez.
Quizá el mensaje de la obra sea una ironía o
paradoja para la sociedad de su época: por más buena voluntad y decencia que
pongamos, hay problemas que no tienen solución. Es decir que, en tales casos,
la sociedad no tiene otro destino que el de caer en círculos viciosos.
Habrá críticos que cuestionen lo predecible del
final, pero de todos modos esto no le quita belleza ni validez a la obra.
LA
OBRA DE ARTE
Antón Chéjov ©
Sacha Smirnov, hijo único de madre, entró con
mustio semblante en el consultorio del doctor Kochelkov. Debajo del brazo
llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las Noticias de la Bolsa.
—Hola, amiguito —lo saludó el médico—. ¿Cómo nos
encontramos hoy? ¿Qué se cuenta de bueno?
Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al
pecho, dijo con voz temblorosa:
—Iván Nikolaevich, mi madre me rogó que lo saludara
en su nombre y le diera las gracias... Soy el único hijo de mi madre, y usted
me salvó la vida... Usted me ha curado de una grave enfermedad y no sabemos
cómo agradecérselo...
—Está bien, está bien, amiguito —lo interrumpió el
doctor lleno de satisfacción—. Solo hice lo que cualquier otro hubiera hecho en
mi lugar.
—Soy el único hijo de mi madre... Somos gente
humilde y no podemos pagarle su trabajo... Por eso mismo estamos muy
avergonzados... Sin embargo, mamá y yo, el único hijo de mi madre… le rogamos
encarecidamente se digne aceptar, en señal de agradecimiento, esto que... es un
objeto muy valioso, de bronce antiguo..., una obra de arte.
—¿Para qué se han molestado? No hacía falta
—interrumpió el doctor frunciendo el ceño.
—No, no puede usted negarnos este favor —prosiguió
murmurando Sacha, mientras desataba el paquete—. No lo rechace. Si lo hace, nos
ofenderá a mi madre y a mí. Es una cosa magnífica, de bronce antiguo...
Pertenecía a mi difunto padre y la guardábamos como recuerdo, casi como una
reliquia... Mi padre se dedicaba a comprar bronces antiguos para revenderlos a
los coleccionistas. Ahora mi madre y yo seguimos haciendo lo mismo.
Sacha acabó de desenvolver el objeto y lo colocó
triunfalmente sobre la mesa. Era un candelabro de bronce antiguo, no muy grande
pero de admirable labor artística. Se trataba de un grupo de dos mujercitas
completamente desnudas y en unas posturas que no puedo describir, tanto por
falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con
coquetería y parecía que, de no mediar la obligación de sostener las
palmatorias, habrían saltado de buena gana del pedestal y armado una juerga tan
escandalosa que avergonzaría al lector más desfachatado.
El doctor echó una mirada al regalo y, rascándose
la oreja, emitió un sonido inarticulado tras un gesto preocupado e inseguro:
—Sí, en verdad, es una obra de arte… Pero… es
demasiado… Eso no es precisamente un escote... Bueno, Dios sabe lo que es.
Digamos que su expresión es… demasiado franca.
—¿Pero por qué lo considera usted de ese modo?
—Porque ni el mismo diablo en persona hubiera
podido inventar nada más indecente... Amiguito, colocar esto encima de una mesa
sería como manchar toda la casa.
—Qué manera tan rara tiene usted de considerar el
arte, doctor —exclamó Sacha, ofendido—. Pero mírelo usted bien. Es una
verdadera obra de arte. Hay aquí tanta gracia y hermosura que el alma se eleva
a las regiones inmortales y uno olvida todo lo terrenal. Hace acudir lágrimas a
los ojos. ¡Fíjese cuanta vida, qué ligereza, cuánta expresión!
—Todo eso lo comprendo muy bien, querido —lo interrumpió
el doctor—. Pero, amiguito mío, soy padre de familia, aquí vienen mis hijitos,
entran señoras...
—Claro, para el vulgo —dijo Sacha— esta obra de
arte acaso tenga otro significado... Pero usted, doctor, está muy por encima
del vulgo. Además, rehusándonos este presente, nos ofenderá a mi mamá y a mí…
Soy el único hijo de mi madre, usted me salvó la vida... Le entregamos la cosa
más preciosa que tenemos. Lo único que siento es no tener la pareja de este
candelabro.
—Ay, amigo mío. Se lo agradezco mucho. Mis
expresiones de cariño a su mamá, pero en serio, póngase en mi lugar: mis chicos
juegan aquí, vienen señoras... Pero, en fin… qué se le va a hacer. ¡Déjelo! De
todos modos, no lograría hacerle comprender mi situación.
—No hay más que hablar —exclamó Sacha muy alegre—.
Ponga el candelabro aquí, al lado de este jarrón. Lástima que no tenga la
pareja. Sí, es una verdadera pena. Bueno... adiós, doctor.
Al irse Sacha, el doctor estuvo un buen rato
rascándose la nuca con aire pensativo.
“No hay duda de que se trata de una obra de arte
—decía para sí—, y sería una pena tirarlo. Pero tampoco puedo tenerla en
casa... ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalársela?"
Después de mucho cavilar, se acordó de un buen
amigo, el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por una causa que le había
hecho ganar.
“¡Perfecto! —decidió el doctor—. Como amigo, no
querrá aceptarme dinero pero igual tendré que hacerle un regalo. Voy a llevarle
ahora mismo este condenado candelabro. Además, él es soltero y algo calavera.”
Y, sin esperar más, se vistió enseguida, envolvió
el candelabro y se fue a la casa de Ujov.
—¡Hola, amigo! —exclamó al entrar—. Me alegro de
haberte encontrado en casa. Vine a darte las gracias por el trabajo que te
tomaste conmigo… Y ya que no quieres aceptar mi dinero, no podrás impedir que
te regale este objeto. Fíjate… ¿no es admirable?
Al ver el candelabro, Ujov se quedó encantado.
—Vaya, vaya, una joya —dijo riendo—. Ni el mismo
demonio sería capaz de inventar algo mejor. ¡Soberbio! ¡Magnífico! ¿Dónde la
encontraste?
Sin embargo, después de entusiasmarse tanto, Ujov
echó una mirada temerosa a la puerta y dijo:
—La verdad, es increíble, pero llévatela… No puedo
aceptarla.
—¿Por qué? —dijo asustado el doctor.
—Porque mi madre suele venir a casa… y también los
clientes... Y, además, delante de la criada —te confieso— me daría vergüenza.
—¡Qué! No te atreverás a hacerme este desaire, eh,
—exclamó el doctor, gesticulando—. Sería muy feo de tu parte. Además, es una
obra de arte... Fíjate qué movimiento... fíjate cuánta expresión. No, no. Ni lo
quiero oír, me ofenderías.
—Si al menos llevasen unas hojitas...
Pero el doctor ya no lo escuchaba. Movió la mano en
señal de despedida y contento se marchó. Volvió a casa encantado de haberse
librado de semejante carga.
Ya solo, el abogado se quedó contemplando el
candelabro. Le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, y, al
igual que su dueño anterior, estuvo cavilando largo rato sobre qué haría con el
regalo.
"Es una obra de arte magnífica —pensaba—,
sería una lástima tirarla. Pero tampoco puedo tenerla aquí. Lo mejor será
regalarla a alguien... ¿Y si se la llevara esta noche al cómico Schaschkin. A
ese sinvergüenza le gustan los objetos de esta clase y, además, hoy tiene un
festival benéfico."
Aquella misma tarde y envuelto en un papel, el
candelabro fue enviado al cómico Schaschkin.
El camarín del artista estuvo lleno toda la tarde.
A cada instante entraban hombres y más hombres a contemplar el regalo. Desde
afuera solo se oía una mezcla de chillidos y de risas parecidas a relinchos.
Cuando alguna de sus compañeras artistas se acercaba a la puerta y preguntaba
si podía entrar, inmediatamente se oía la voz ronca del cómico que contestaba:
—No chica, no. Me estoy vistiendo.
Después de la función, el cómico decía muy preocupado,
encogiéndose de hombros y frotándose nervioso las manos:
—¿Y qué haré con esta porquería? Vivo solo, sí,
pero igual a casa no puedo llevarlo… Allí recibo artistas. Si fuera una
fotografía, podría esconderla en el cajón de la mesa, pero esto…
—¡Véndala, señor! —le aconsejó el peluquero,
mientras lo ayudaba a vestirse—. Aquí cerca vive una vieja que compra
antigüedades... Vaya, pregunte usted por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.
Y el cómico siguió el consejo.
Dos días después, el doctor Kochelkov estaba
sentado en su consultorio con la cabeza entre las manos, pensando en los ácidos
biliares, cuando de repente se abrió la puerta y entró Sacha Smirnov. Toda su
figura resplandecía de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en papel
de periódico.
—Doctor —dijo jadeante—. ¡Imagínese usted qué
alegría! Hemos encontrado la pareja de su candelabro... Mi madre está tan
contenta..., soy el único hijo de mi madre, y usted me salvó la vida.
Y Sacha, temblando de emoción, colocó delante del
doctor el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no
pudo: su lengua estaba paralizada.
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