jueves, 30 de octubre de 2025

 

CHÉJOV Antón

 

ANÁLISIS DE “EL CAMALEÓN” DE CHÉJOV

Héctor Zabala ©

 

LUGAR Y HORA DE LOS HECHOS

Varios indicios sugieren que la acción se desarrolla en una aldea rusa y quizá a primera hora de la tarde: la calma excesiva que encuentra el inspector al hacer su recorrida por la plaza, su especulación sobre qué harían en grandes ciudades como Petersburgo o Moscú con un cachorro así, su afirmación de que conoce a toda la gente del lugar, la sensación de que todos los vecinos se conocen entre sí, los diálogos de tono bien pueblerino, etc.

 

LA PERSONALIDAD VENAL DE OCHUMÉLOV

El personaje principal, el inspector Ochumélov, es autoritario, prepotente y cínico con la gente común, a quien obviamente considera inferior, en tanto que es obsecuente con los poderosos. En síntesis: un hipócrita, arbitrario y acomodaticio.

De ahí que las opiniones y el sentido de justicia de Ochumélov varíen según propia conveniencia. Así, cuando supone que el cachorro es de personas sin importancia, afirma escandalizado que la víctima de la mordedura, el orfebre Jriukin, debería reclamar por daños a la par que él, como brazo de la justicia, castigar con todo rigor al dueño desaprensivo que dejó suelto el perrito, mientras que cuando entiende que el dueño es alguien poderoso, le ordena al mismo Jriukin no exagerar (¡si no te pasó nada!) y que, en todo caso, es el propio orfebre quien tendría la culpa de lo sucedido. Y en este vaivén, que se da varias veces —de ahí el título, pues el camaleón varía su color según la oportunidad— jamás tiene en cuenta los hechos reales ni trata de descubrirlos.

A tal punto llega su hipocresía y arbitrariedad que hasta la calidad del cachorro varía según la calidad del supuesto dueño, pasando de ser un perro atorrante a un perro fino y viceversa, según vengan las conjeturas en cuanto a la identidad del propietario. Cuando al fin descubre que el cachorro es de un hermano del general Zhigálov, entonces da por cerrado el asunto, ni siquiera le recomienda al sirviente del general que controlen en casa al cachorro y, por supuesto, abandona el criterio de castigar a quienes inconscientemente dejan sus perros sueltos. Y, para completar su arbitrariedad, termina amenazando al pobre damnificado.

 

UNA SOCIEDAD SOMETIDA

El trasfondo del cuento nos habla de una sociedad sometida y, como siempre ocurre en tales casos, en el altercado aparecen:

Resignación y sometimiento. Como en todos los presentes de la escena, que ni siquiera intentan defender a Jriukin a pesar de que fue mordido. Incluso el propio damnificado habla con exagerada timidez al dirigirse al inspector por primera vez: “Yo no me he metido con nadie, señoría...”

Resentimiento. Como el de Jriukin cuando parece amenazar al cachorro con eso de “¡Te voy a despellejar, granuja!”, en obvio desquite contra el que considera quizá el único ser inferior a sí mismo, pues con seguridad es objeto de continuas burlas por su condición de borrachín de pueblo.

Exhibicionismo. “...el mismo dedo [de Jriukin] es como una bandera de victoria.”

Ingenuidad. Como sugiere la respuesta de Jriukin al entrometido: “Y si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales...” El pobre perjudicado cree (o, mejor, quiere creer) que todos son iguales ante la ley, cuando del contexto se desprende que de ningún modo es así. Incluso, agrega a modo de inocente amenaza: “Un hermano mío es gendarme... por si quieres saberlo”; una manera de decir: ¡ojo que soy alguien, no un pobre diablo!

Y también la notable expresión: “¡Ahora no está permitido morder!”, como si la ley anterior hubiera permitido que los perros muerdan o la ley actual podría impedirle morder a un cachorro juguetón.

Soberbia. Como la del sirviente del general hacia la gente del pueblo: “¡Qué ocurrencia! ¡Jamás ha habido perros como este en nuestra casa!”;

Intentos de sacar ventaja. El mismo Jriukin trata de aprovecharse de la situación: “Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse...”

Correveidiles y malpensados. Como ese hombre del público que lanza una acusación contra Jriukin sin ninguna prueba: “Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que no es tonto, le dio un mordisco...”; incluso, esta afirmación infundada da pie al mismo Ochumélov para tomarla como cierta en un comentario posterior;

Soplones. El mismo personaje agrega que el orfebre: “Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría”, en un afán por congraciarse con el inspector.

Oportunistas y obsecuentes. Además de las genuflexiones del inspector hacia los poderosos (incluso hacia el sirviente de un poderoso), la obsecuencia y el oportunismo se manifiestan también en los estratos inferiores. En efecto, el mismo Jriukin dice, dirigiéndose a un tercero: “Su señoría es una persona inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad...”, en un intento de poner al inspector de su parte;

Burlones del caído en desgracia. Cuando se llevan el cachorro, todos se ríen del pobre Jriukin.

 

NOTABLE NARRACIÓN

• La descripción del cachorro es excelente. Nos da la impresión de tenerlo delante: escapando en tres patas ante el posible castigo y volcando la cabeza hacia uno y otro lado ante la persecución. Más tarde, lacrimógeno, asustadizo y tembloroso ante el grupo que lo rodea, etc.

• Hay expresiones muy propias de los eslavos, como la del inspector a Jriukin apenas llega a la escena del escándalo: “¿Qué haces tú ahí con el dedo?”; o bien después, “Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? ¿Es que acaso te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote!”, como si fuera necesario que el pobre orfebre tuviese el dedo a la altura que entonces lo exhibía cuando el cachorro lo mordió.

También son notables los comentarios del inspector sobre el cachorro, dirigidos a congraciarse con el hermano del general: “El perro no está nada mal... Es muy vivo... ¡Le ha mordido el dedo a este! Ja, ja, ja...”

 

UN INDICIO DEL FINAL

Hay un indicio contundente de cómo terminará el cuento: en uno de los primeros párrafos Chéjov deja caer que es un galgo. Ergo, se trata de un perro fino, de raza, y por ende su dueño tiene que ser necesariamente alguien rico, importante. De ahí que cabía suponer que el cachorro al fin sería devuelto a su dueño, que no habría castigo por dejarlo suelto pese a las ordenanzas y que el reclamo del perjudicado nunca prosperaría.

 

UN CUENTO LOCALISTA Y UNIVERSALISTA A LA VEZ

El cuento es una maravillosa muestra de la sociedad rusa en el ambiente provinciano de su tiempo (1884), pero la obra bien puede considerarse también de carácter universal por la profundidad con que Chéjov describe y aborda el alma humana.

 

 

EL CAMALEÓN

Antón Chéjov ©

 

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y en la mano un hatillo, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un agente municipal pelirrojo con una canasta llena de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio... En la plaza no hay un alma... Las puertas abiertas de tabernas y negocios miran el mundo con melancolía, como fauces hambrientas; en las cercanías no hay ni siquiera mendigos.

—¿A quién muerdes, maldito? —oye de pronto Ochumélov—. ¡Muchachos, que no salga! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!

Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichugin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un chucho. Lo persigue un hombre con camisa de percal, almidonada, y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y atrapa al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: “¡No lo dejes escapar!” Caras soñolientas aparecen en las puertas de los negocios y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.

—¡Se ha producido un desorden, señoría!... —dice el municipal.

Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del negocio de leña ve a nuestro hombre, con el chaleco desabrochado, quien ya de pie levanta la mano derecha y muestra un dedo sangriento. En su cara de alcohólico parece leerse: “¡Te voy a despellejar, granuja!”; el mismo dedo es como una bandera de victoria.

Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente—. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?... ¿Quién ha gritado?

—Yo no me he metido con nadie, señoría... —empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano—. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo... Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse...

—Hum... Está bien... —dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas—. Está bien... ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no quieren cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y demás animales. ¡Se va a acordar de mí!... Eldirin —prosigue el inspector, volviéndose hacia el ayudante—, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso... ¿Quién es el dueño?

—Creo que es del general Zhigálov —dice alguien.

—¿Del general Zhigálov? Hum... Eldirin, ayúdame a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? —sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin—. ¿Es que acaso te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ocurrió la idea de decir esta mentira. Porque tú... ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!

—Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que no es tonto, le dio un mordisco... Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.

—¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no viste nada? Su señoría es una persona inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad... Y si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es gendarme... por si quieres saberlo.

—¡Basta de comentarios!

—No, no es del general —observa pensativo el municipal—. El general no tiene perros como este. Son más bien perros de exposición...

—¿Estás seguro?

—Sí, señoría.

—Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que este ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo va a tener el general un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciera en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se andarían con chiquitas, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de darles una lección!

—Aunque… podría ser del general —piensa el ayudante en voz alta—. No lo lleva escrito en el morro pero... El otro día alcancé a ver en su patio un perro como este.

—¡Es del general, seguro! —dice una voz.

—Hum... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin... Parece que ha refrescado... Siento escalofríos... Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando... Y que no lo dejen salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien eso de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!...

—Por ahí va el cocinero del general, le preguntaremos... ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro... ¿es de tu amo?

—¡Qué ocurrencia! ¡Jamás ha habido perros como este en nuestra casa!

—¡Basta de preguntas! —dice Ochumélov—. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en chácharas... Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay que matarlo y se acabó.

—No es nuestro —sigue Prójor—. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. En cambio, al hermano de mi...

—¿Es que ha venido el hermano? ¿Vladímir Ivánich? —pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura—. ¡Vaya, por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?

—Sí...

—Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho... Llévatelo... El perro no está nada mal... Es muy vivo... ¡Le ha mordido el dedo a este! Ja, ja, ja... Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enojado, el muy pícaro... Vaya con el perrito...

Prójor llama al animal y ambos se alejan del almacén de leña... La gente se ríe de Jriukin.

—¡Ya nos veremos las caras! —le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.



 

ANÁLISIS DE “LA OBRA DE ARTE” DE ANTÓN CHÉJOV

Héctor Zabala ©

 

La obra de arte es un cuento en el que Chéjov demuestra el porqué de su fama de gran narrador. La estructura es simple pero no por eso menos interesante. En principio, están muy bien delineados el ambiente social y la psicología de los personajes. Chéjov parte de estos elementos esenciales:

1º) Una madre pobre y su único hijo —profundamente agradecidos al médico que salvó la vida del muchacho— tienen un objeto valiosísimo para ofrecerle: un candelabro de bronce que incluye las figuras de dos mujeres desnudas en actitud provocadora.

2º) Una sociedad pacata de fines del siglo XIX que veía la desnudez (incluso en las estatuas) como un pecado. Las rígidas ideas victorianas ya se habían extendido a toda Europa, y Rusia no sería la excepción.

3º) El candelabro es tan bello y valioso que a ninguno se le ocurre tirarlo a la basura por el pesar que significaría destruir una obra artística de tal magnitud. Pero, a su vez, tenerlo en casa implicaría un escándalo para cualquiera, dadas sus connotaciones impúdicas.

Chéjov aprovecha estos tres elementos básicos para armar una historia que estructura como una rueda; historia en la que va incorporando personajes que tratan de deshacerse del molesto objeto mediante esfuerzos continuos por pasárselo a otro. Y hasta apelando al chantaje emocional, del tipo: me ofendo, ni quiero oír que lo rechaces, lo tenía guardado como una reliquia, era de mi padre, etc.

Pero lo más interesante es cómo el narrador se las arregla para crear un problema sin solución posible, a la manera de antecedente de un caso kafkiano. El cuento está en la línea de Chéjov: personas frustradas que nunca verán satisfechos sus deseos a pleno, que nunca podrán cumplir sus sueños.

Y lo paradójico es que el objeto, como nadie lo quiere para sí, igual seguiría predestinado a volver a la misma persona, dado que se deja entrever que si el médico Iván Nikolaevich Kochelkov intentara desprenderse de nuevo del candelabro, probablemente la rueda volvería a girar una y otra vez.

Quizá el mensaje de la obra sea una ironía o paradoja para la sociedad de su época: por más buena voluntad y decencia que pongamos, hay problemas que no tienen solución. Es decir que, en tales casos, la sociedad no tiene otro destino que el de caer en círculos viciosos.

Habrá críticos que cuestionen lo predecible del final, pero de todos modos esto no le quita belleza ni validez a la obra.

 

 

LA OBRA DE ARTE

Antón Chéjov ©

 

Sacha Smirnov, hijo único de madre, entró con mustio semblante en el consultorio del doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las Noticias de la Bolsa.

—Hola, amiguito —lo saludó el médico—. ¿Cómo nos encontramos hoy? ¿Qué se cuenta de bueno?

Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al pecho, dijo con voz temblorosa:

—Iván Nikolaevich, mi madre me rogó que lo saludara en su nombre y le diera las gracias... Soy el único hijo de mi madre, y usted me salvó la vida... Usted me ha curado de una grave enfermedad y no sabemos cómo agradecérselo...

—Está bien, está bien, amiguito —lo interrumpió el doctor lleno de satisfacción—. Solo hice lo que cualquier otro hubiera hecho en mi lugar.

—Soy el único hijo de mi madre... Somos gente humilde y no podemos pagarle su trabajo... Por eso mismo estamos muy avergonzados... Sin embargo, mamá y yo, el único hijo de mi madre… le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de agradecimiento, esto que... es un objeto muy valioso, de bronce antiguo..., una obra de arte.

—¿Para qué se han molestado? No hacía falta —interrumpió el doctor frunciendo el ceño.

—No, no puede usted negarnos este favor —prosiguió murmurando Sacha, mientras desataba el paquete—. No lo rechace. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es una cosa magnífica, de bronce antiguo... Pertenecía a mi difunto padre y la guardábamos como recuerdo, casi como una reliquia... Mi padre se dedicaba a comprar bronces antiguos para revenderlos a los coleccionistas. Ahora mi madre y yo seguimos haciendo lo mismo.

Sacha acabó de desenvolver el objeto y lo colocó triunfalmente sobre la mesa. Era un candelabro de bronce antiguo, no muy grande pero de admirable labor artística. Se trataba de un grupo de dos mujercitas completamente desnudas y en unas posturas que no puedo describir, tanto por falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería y parecía que, de no mediar la obligación de sostener las palmatorias, habrían saltado de buena gana del pedestal y armado una juerga tan escandalosa que avergonzaría al lector más desfachatado.

El doctor echó una mirada al regalo y, rascándose la oreja, emitió un sonido inarticulado tras un gesto preocupado e inseguro:

—Sí, en verdad, es una obra de arte… Pero… es demasiado… Eso no es precisamente un escote... Bueno, Dios sabe lo que es. Digamos que su expresión es… demasiado franca.

—¿Pero por qué lo considera usted de ese modo?

—Porque ni el mismo diablo en persona hubiera podido inventar nada más indecente... Amiguito, colocar esto encima de una mesa sería como manchar toda la casa.

—Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor —exclamó Sacha, ofendido—. Pero mírelo usted bien. Es una verdadera obra de arte. Hay aquí tanta gracia y hermosura que el alma se eleva a las regiones inmortales y uno olvida todo lo terrenal. Hace acudir lágrimas a los ojos. ¡Fíjese cuanta vida, qué ligereza, cuánta expresión!

—Todo eso lo comprendo muy bien, querido —lo interrumpió el doctor—. Pero, amiguito mío, soy padre de familia, aquí vienen mis hijitos, entran señoras...

—Claro, para el vulgo —dijo Sacha— esta obra de arte acaso tenga otro significado... Pero usted, doctor, está muy por encima del vulgo. Además, rehusándonos este presente, nos ofenderá a mi mamá y a mí… Soy el único hijo de mi madre, usted me salvó la vida... Le entregamos la cosa más preciosa que tenemos. Lo único que siento es no tener la pareja de este candelabro.

—Ay, amigo mío. Se lo agradezco mucho. Mis expresiones de cariño a su mamá, pero en serio, póngase en mi lugar: mis chicos juegan aquí, vienen señoras... Pero, en fin… qué se le va a hacer. ¡Déjelo! De todos modos, no lograría hacerle comprender mi situación.

—No hay más que hablar —exclamó Sacha muy alegre—. Ponga el candelabro aquí, al lado de este jarrón. Lástima que no tenga la pareja. Sí, es una verdadera pena. Bueno... adiós, doctor.

Al irse Sacha, el doctor estuvo un buen rato rascándose la nuca con aire pensativo.

“No hay duda de que se trata de una obra de arte —decía para sí—, y sería una pena tirarlo. Pero tampoco puedo tenerla en casa... ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalársela?"

Después de mucho cavilar, se acordó de un buen amigo, el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por una causa que le había hecho ganar.

“¡Perfecto! —decidió el doctor—. Como amigo, no querrá aceptarme dinero pero igual tendré que hacerle un regalo. Voy a llevarle ahora mismo este condenado candelabro. Además, él es soltero y algo calavera.”

Y, sin esperar más, se vistió enseguida, envolvió el candelabro y se fue a la casa de Ujov.

—¡Hola, amigo! —exclamó al entrar—. Me alegro de haberte encontrado en casa. Vine a darte las gracias por el trabajo que te tomaste conmigo… Y ya que no quieres aceptar mi dinero, no podrás impedir que te regale este objeto. Fíjate… ¿no es admirable?

Al ver el candelabro, Ujov se quedó encantado.

—Vaya, vaya, una joya —dijo riendo—. Ni el mismo demonio sería capaz de inventar algo mejor. ¡Soberbio! ¡Magnífico! ¿Dónde la encontraste?

Sin embargo, después de entusiasmarse tanto, Ujov echó una mirada temerosa a la puerta y dijo:

—La verdad, es increíble, pero llévatela… No puedo aceptarla.

—¿Por qué? —dijo asustado el doctor.

—Porque mi madre suele venir a casa… y también los clientes... Y, además, delante de la criada —te confieso— me daría vergüenza.

—¡Qué! No te atreverás a hacerme este desaire, eh, —exclamó el doctor, gesticulando—. Sería muy feo de tu parte. Además, es una obra de arte... Fíjate qué movimiento... fíjate cuánta expresión. No, no. Ni lo quiero oír, me ofenderías.

—Si al menos llevasen unas hojitas...

Pero el doctor ya no lo escuchaba. Movió la mano en señal de despedida y contento se marchó. Volvió a casa encantado de haberse librado de semejante carga.

Ya solo, el abogado se quedó contemplando el candelabro. Le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, y, al igual que su dueño anterior, estuvo cavilando largo rato sobre qué haría con el regalo.

"Es una obra de arte magnífica —pensaba—, sería una lástima tirarla. Pero tampoco puedo tenerla aquí. Lo mejor será regalarla a alguien... ¿Y si se la llevara esta noche al cómico Schaschkin. A ese sinvergüenza le gustan los objetos de esta clase y, además, hoy tiene un festival benéfico."

Aquella misma tarde y envuelto en un papel, el candelabro fue enviado al cómico Schaschkin.

El camarín del artista estuvo lleno toda la tarde. A cada instante entraban hombres y más hombres a contemplar el regalo. Desde afuera solo se oía una mezcla de chillidos y de risas parecidas a relinchos. Cuando alguna de sus compañeras artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, inmediatamente se oía la voz ronca del cómico que contestaba:

—No chica, no. Me estoy vistiendo.

Después de la función, el cómico decía muy preocupado, encogiéndose de hombros y frotándose nervioso las manos:

—¿Y qué haré con esta porquería? Vivo solo, sí, pero igual a casa no puedo llevarlo… Allí recibo artistas. Si fuera una fotografía, podría esconderla en el cajón de la mesa, pero esto…

—¡Véndala, señor! —le aconsejó el peluquero, mientras lo ayudaba a vestirse—. Aquí cerca vive una vieja que compra antigüedades... Vaya, pregunte usted por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.

Y el cómico siguió el consejo.

Dos días después, el doctor Kochelkov estaba sentado en su consultorio con la cabeza entre las manos, pensando en los ácidos biliares, cuando de repente se abrió la puerta y entró Sacha Smirnov. Toda su figura resplandecía de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en papel de periódico.

—Doctor —dijo jadeante—. ¡Imagínese usted qué alegría! Hemos encontrado la pareja de su candelabro... Mi madre está tan contenta..., soy el único hijo de mi madre, y usted me salvó la vida.

Y Sacha, temblando de emoción, colocó delante del doctor el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su lengua estaba paralizada.



  





 

 

 

KAFKA Franz

 

ENSAYO SOBRE “CHACALES Y ÁRABES” DE FRANZ KAFKA

Héctor Zabala ©

 

La obra técnicamente es muy buena. Tiene indicios como el del látigo del segundo párrafo, anticipando el desenlace del diálogo entre el jefe chacal y el extranjero del Norte. Logra una tensión permanente porque los chacales rodean al extranjero, lo sujetan por la ropa, ejercen una continua amenaza que nadie garantiza que no pueda terminar en tragedia para el pobre hombre que solo intenta dormir.

Pero la pregunta clave es: ¿Quiso aquí Franz Kafka escribir un cuento de árabes y chacales?

En principio, convengamos que la narración es de género fantástico: los chacales no hablan por más inteligentes que sean.

Partiendo de este detalle, entiendo que todo el cuento es una metáfora. Se refiere a un pueblo sometido y en parte maltratado que vive en tierras de otro pueblo, dominador y arrogante, aunque a veces también condescendiente.

Kafka conocía como nadie a judíos y cristianos. Era un hombre muy culto y perspicaz que había nacido en un hogar judío pero en medio de una comunidad cristiana dominante. Su propio padre tenía una clientela cristiana, sus hermanas y él habían asistido a colegios alemanes. Además, conocía —era consciente— de la lucha ancestral, solapada y a veces no tanto, de judíos y cristianos en el viejo continente. Era absolutamente conocedor del amor-odio entre ambos pueblos. De las actitudes ambivalentes de los cristianos respecto de los judíos que vivían entre ellos y viceversa. Sabía de los pogromos pero también de la tolerancia y colaboración entre unos y otros. También del resentimiento y de la desconfianza mutuas.

 

¿Quiénes son entonces los árabes del cuento?: Los cristianos europeos.

¿Y quiénes los chacales?: Los judíos europeos.

¿Qué es el oasis?: Europa.

 

Varios indicios me llevan a esta conclusión:

1) Juntos pero separados. En el cuento, chacales y árabes viven juntos pero separados. Exactamente como convivían judíos y cristianos en la Europa de Kafka. “¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente”, dice el chacal viejo. Es decir, compartían como a medias un territorio y tenían hasta un cierto tipo de contacto pero hasta ahí nomás. La hospitalidad del árabe es conocida y hasta proverbial; y puede ser que Kafka jugara también con eso, algo como: te recibo y serás bien atendido pero mientras estés dentro de casa.

2) Dominador y dominado. La posición del árabe es dominante (como la del cristiano europeo): impone la regla y tiene el látigo para hacerla cumplir; además ocupa el oasis (Europa), al que van también los chacales (los judíos despreciados), pero que a la vez se acercan como merodeando. El chacal es una buena alegoría del judío europeo de entonces, el tipo que no termina de afincarse del todo porque sueña con ser independiente, libre. En cuanto a lo demás, lo que está fuera de Europa, es como un desierto: está fuera del oasis, fuera de lo que pueda servir para la subsistencia de un pueblo como el judío de entonces, pueblo relativamente débil que indudablemente la pasaba mal, muy mal.

3) Purificador e impuro. La actitud de los chacales en el cuento es casi religiosa, mística, lo cual se compadece con la tradición del judaísmo. Lo importante para los chacales es por sobre todo la pureza del alimento. Algo que es una constante bíblica y judaica. Son tradiciones antiquísimas que todavía perduran entre muchos judíos ortodoxos modernos. No hay más que leer el Levítico [1] o el Deuteronomio [1] para ver la importancia que la pureza del alimento significa para el pueblo judío. Los árabes del cuento serían los cristianos, los que contaminan los alimentos al no seguir los estrictos lineamientos bíblicos ni rabínicos, los que comen parte y dejan lo demás a los chacales (judíos) a modo de carroña. Un verdadero escándalo. Los chacales son los que entonces se sienten obligados a purificar los alimentos; casi como una obsesión. No, los árabes (los cristianos) no deberían intervenir en los asuntos de los chacales (los judíos), nos dice su jefe. Como buen viejo es también el que mejor conserva las tradiciones de su pueblo y aclara: “Queremos que los árabes nos dejen en paz; aire respirable... no oír el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena... Pureza, queremos solo pureza...”

4) Amor-odio. Al igual que en la Europa de cristianos y judíos, en el cuento juega la constante del amor-odio entre árabes y chacales. Hay mucho resentimiento de ambas partes, pero también hay admiración y hasta cierto tipo de amor o de respeto que tratan de tapar con el aparente desdén hacia el otro. Los chacales no odian completamente a los árabes, al menos no al extremo de correr el riesgo de contaminarse: “No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos”, aclara el jefe chacal. Por su parte, el árabe comenta de los chacales: “Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros”. Y al final del cuento le dice al extranjero: “Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!” Sin embargo, ese amor del árabe no le impide castigarlos con latigazos sin un motivo justificable. El árabe está encantado con esa ambivalencia, es consciente de ese amor-odio, quizá hasta un poco más que los propios chacales.

5) Las contradicciones de ambos pueblos. Los cristianos europeos acogían a los judíos en sus comunidades, pero después se quejaban sin mayor motivo y les hacían sentir su desprecio. Cosa parecida hace el árabe cuando les trae expresamente un alimento sustancioso (un camello muerto) pero después juega, con bastante perversión, con echarlos a latigazos. Los chacales, en tanto, devoran lo que les trae el árabe, pero igual siguen resentidos por el maltrato. Análogamente, la actitud de los judíos europeos era por entonces parecida a la de los chacales del cuento: se consideraban un pueblo distinto, casi independiente, pero consentían en usar toda oportunidad material que se les presentaba aunque viniera de infieles cristianos. Y además no les impedía mantenerse en una actitud permanentemente resentida y quejumbrosa contra los mismos que los protegían y les permitían prosperar.

6) La actitud mesiánica. Los chacales, al igual que los judíos, tenían la esperanza de liberarse de la opresión. ¿Qué representa entonces el extranjero del Norte? Obviamente, el Mesías. Alguien que los chacales suponen superior a los árabes. Un Mesías guerrero, no uno pacífico. Esto fue siempre tradición judaica y desde tiempos antiquísimos. Alguien que acabara de una vez y por todas con la opresión del pueblo judío.

7) Verdad y comedia. Pero en Kafka no puede faltar la ironía descarnada; la idea de que nada puede solucionarse, se haga lo que se haga, se intente lo que se intente.

El jefe de los chacales tiene un plan, pero es un plan infantil. Le trae al desconocido del Norte una tijera para que extermine a todos los árabes; un elemento que ni siquiera es un arma aunque en ocasiones podría funcionar como tal. Pero es una tijera oxidada, inservible. De todas maneras, la tarea sería impracticable para el pobre extranjero porque los árabes son muchos. Simplemente sería una locura intentarlo. Quizás lo que Kafka haya querido decirnos es que los planes mesiánicos del judaísmo de entonces (1916) eran absurdos. Simplemente una especie de comedia que solo servía para mantener una fe, una esperanza, generación tras generación, pues la tijera llevaba siglos pasando de chacal a chacal, aunque ya había perdido el filo por completo.

El más consciente de esta comedia que ambos grupos interpretan (y aquí viene lo terrible de Kafka) es el árabe. No el jefe chacal, el que más conoce las tradiciones. Quizá en parte porque el árabe es conocedor de su propia fuerza que lo hace arrogante, quizá en parte por considerar al chacal como un incapaz de liberarse en serio (y tal vez hasta un poco cobarde), pero también porque ve la cosa desde afuera y sabe que el intento es absurdo: “...todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquel que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos”.

Esto último también sería una metáfora. El cristianismo de entonces, tal como el árabe del cuento, también era arrogante: veía el pensamiento mesiánico judaico con compasión, como algo inútil, como algo bobo o loco, porque para el cristiano el Mesías ya había venido y no podía haber otro.

 

Una última reflexión. Para quien quiera ver algún signo ofensivo en la palabra chacales, es conveniente recordar que no era ese el punto de vista de los hebreos antiguos, que es aquí lo que interesa, ya que Kafka se refiere a tradiciones muy viejas (“...hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales”).

La palabra chacales (siempre en plural, nunca en singular) aparece catorce [2] veces en la Biblia y esta es una fuente confiable en cuanto al verdadero significado del vocablo para los antiguos. El del capítulo 30:28-29 de Job quizá sea el más significativo al respecto: “Entristecido anduve por todos lados [...] Hermano para los chacales vine a ser, y compañero para las hijas del avestruz”, dando a entender la gran aflicción del patriarca Job, quien se sentía abandonado, triste. Nótese que Job no se avergüenza en llamarse a sí mismo hermano de los chacales.

Los chacales para los patriarcas y profetas bíblicos no connotaban animales peligrosos ni crueles ni indignos, simplemente se los relacionaba con situaciones tristes o con lugares no muy aptos para la habitación humana (parajes desolados), que ocupaban por timidez o por cierta desconfianza natural hacia el hombre (vgr. Jeremías 49:33: “...tiene que llegar a ser albergue de chacales, un yermo desolado hasta tiempo indefinido”). Incluso al chacal hembra se lo consideraba como una excelente madre (“Aun los chacales mismos han presentado sus ubres. Han amamantado a sus cachorros...” [3]), en evidente contraste con lo que pensaban esos mismos hebreos del avestruz en ese mismo versículo de Lamentaciones 4:3 (“...la hija de mi pueblo [Jerusalén] se hace cruel, como los avestruces en el desierto”) y también en Job 39:13-15, donde a dicha ave se la califica de mala madre.

 

[1] En particular Levítico, capítulo 11, y Deuteronomio, capítulo 14.

[2] Las catorce referencias bíblicas sobre los chacales son: Job 30:29, Salmos 44:19, Isaías 13:22, 34:13, 35:7, 43:20, Jeremías 9:11, 10:22, 14:6, 49:33, 51:37, Lamentaciones 4:3, Miqueas 1:8 y Malaquías 1:3. Corresponden todas al Antiguo Testamento, que es el que interesa en este caso.

[3] Lamentaciones 4:3.

 

Nota: El cuento Chacales y árabes, de Franz Kafka es parte del libro Un médico rural, publicado en 1916. Se puede leer en la web:

 

 

CHACALES Y ÁRABES

(Del libro Un médico rural, 1916)

Franz Kafka ©

 

Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó a mi lado; había estado ocupándose de los camellos y se dirigía a su tienda.

Me eché de espaldas en el césped; traté de dormir; no podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme. Y lo que antes estaba tan lejano, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos que destellaban como oro mate y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos que se movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo.

Por detrás de mí, uno de los chacales se acercó, pasó bajo mi brazo, se apretó contra mí, como si buscara mi calor, luego se colocó enfrente y me habló, con los ojos casi en los míos:

—Soy, con mucho, el chacal más viejo. Me alegra grandemente poder saludarte por fin. Ya casi había perdido toda esperanza, hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

—Me asombra —dije, olvidándome de encender la pila de leños preparada para ahuyentar con el humo a los chacales—, me asombra mucho lo que dices. Solo por casualidad he venido del lejano Norte y estoy de paso por vuestro país. ¿Qué queréis de mí, chacales?

Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado amistosas, estrecharon el cerco en torno de mí; todos jadeaban con la boca abierta.

—Sabemos —comenzó el decano— que vienes del Norte; en eso residen nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos y desprecian la carroña.

—No hables tan alto —dije—, hay árabes que duermen aquí cerca.

—Realmente, eres un extranjero —dijo el chacal—; si no, sabrías que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué habríamos de temerles? ¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente?

—Puede ser, puede ser —dije—, no quiero juzgar asuntos que están lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe estar en la sangre; tal vez solo termine con la sangre.

—Eres muy sutil —dijo el viejo chacal; y todos jadearon más ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor rancio, que a veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas—. Eres muy perspicaz; eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así es, haremos correr su sangre, y terminaremos la lucha.

—¡Oh! —dije, con demasiada vehemencia quizás—; ellos se defenderán; con sus armas de fuego los matarán a miles.

—No nos comprendes —dijo él—, es una condición bien humana, que según veo también existe en el Norte. No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para salir corriendo, hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra morada.

Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos entre las patas delanteras, y se los frotaron para limpiarse; parecían querer ocultar una repugnancia tan espantosa, que sentí deseos de dar un gran salto sobre sus cabezas y escapar.

—Entonces, ¿qué os proponéis hacer? —pregunté, tratando de ponerme de pie, pero no pude: dos jóvenes bestias me habían aferrado con los dientes la chaqueta y la camisa por detrás; tuve que quedarme sentado.

—Te sostienen la cola —explicó con serenidad el chacal viejo—, una señal de respeto.

—¡Soltadme! —exclamé, volviéndome alternativamente hacia el viejo y hacia los jóvenes.

—Naturalmente, te soltarán —dijo el viejo—, ya que es tu deseo. Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre, y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto, atiende nuestro pedido.

—Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderlo —dije.

—No reproches nuestra torpeza —dijo él, y por primera vez recurrió al tono lastimero de su voz natural—, somos unas pobres bestias, solo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo bueno, solo disponemos de nuestros dientes.

—Bueno ¿qué quieres? —le pregunté, no muy reconciliado.

—Señor —exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente, remotamente, me pareció una melodía—. Señor, tú debes poner fin a esta lucha, que divide el mundo en dos bandos. Exactamente como eres tú, nuestros antepasados nos describieron al hombre que llevaría a cabo la tarea. Queremos que los árabes nos dejen en paz; que el aire sea respirable; que la mirada se pierda en un horizonte purificado sin su presencia; que no oigamos el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y pelado sus huesos. Pureza, queremos solo pureza —y aquí lloraban, sollozaban todos—. ¿Cómo soportas este mundo, noble corazón y dulce entraña? Porquería es su blancura; porquería es su negrura, un horror son sus barbas; basta ver las órbitas de sus ojos para escupir; y cuando alzan el brazo vemos en sus axilas la entrada del infierno. Por eso, señor, por eso, ¡oh, amado señor!, con la ayuda de tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.

Y respondiendo a un movimiento de su cabeza, apareció un chacal, de uno de cuyos colmillos colgaba un pequeño par de tijeras de costura, cubiertas de antiguo herrumbre.

—Bueno, ya aparecieron las tijeras, ¡y ahora basta! —exclamó el guía árabe de nuestra caravana, que se había deslizado hacia nosotros con el viento en contra y hacía restallar su enorme látigo.

Todos huyeron con rapidez, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente apretados entre sí; todas esas bestias se reunieron en un grupo tan rígido y apiñado, que parecía un pequeño hato, acorralado por fuegos fatuos.

—Así que tú también, señor, has contemplado y oído esta comedia —dijo el árabe, y rió tan alegremente como lo permitía la sobriedad de su raza.

—¿Tú también sabes lo que quieren esas bestias? —pregunté.

—Naturalmente, señor —dijo él—, todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquel que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros. Fíjate, esta noche murió un camello, lo hice traer aquí.

Aparecieron cuatro mozos que arrojaron ante nosotros el pesado cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron, titubeantes, frotando el suelo con el cuerpo. Se habían olvidado de los árabes, olvidado de su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo demás. Ya uno se prendía del cuello, y con el primer mordisco llegaba hasta la aorta. Como una diminuta y patente bomba aspirante, que quisiera con tanta decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada músculo de su cuerpo se estremecía y se esforzaba en su tarea. Y pronto se entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver, como una montaña.

Entonces, el guía los fustigó una y otra vez con su cortante látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza, en una especie de paroxismo extasiado; vieron ante ellos a los árabes; sintieron el látigo en los hocicos; dieron un salto hacia atrás, y retrocedieron corriendo, hasta cierta distancia. Pero la sangre del camello ya había formado charcos en el suelo, humeaba, el cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guía su látigo; detuve su brazo.

—Tienes razón, señor —me dijo—, dejémoslos seguir con su tarea; además, ya es hora de levantar campamento. Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!

 


  CHÉJOV Antón   ANÁLISIS DE “EL CAMALEÓN” DE CHÉJOV Héctor Zabala ©   LUGAR Y HORA DE LOS HECHOS Varios indicios sugieren que l...